Un mensaje a la juventud
Dedicado a los profesores y estudiantes del CCH
Dr. Pablo González Casanova
(Rector de la UNAM 1971, Creador del CCH)
Duniversal. Es cierto que, con anterioridad, en
varios países de América Latina y el mundo los jóvenes
ya habían hecho acto de presencia, como ocurrió con
la famosa reforma universitaria a la que convocaron los
estudiantes en Córdoba, Argentina. Es cierto también
que, desde la antigüedad, muchos héroes de la historia
universal fueron jóvenes; pero se distinguieron como
héroes, no como protagonistas genéricos de la historia.
En cambio, desde 1968, en París, en Chicago, en
México y hoy en el Magreb y los países árabes, los
movimientos de la juventud están a la vanguardia de
la lucha por otro mundo posible. Están contra la gue-
rra, las discriminaciones raciales y los simulacros de
democracia o de socialismo, que en realidad son dic-
taduras de ricos y poderosos apoyados por las fuerzas
de seguridad a su servicio, legitimados por la "clase
política" de fngida elección popular o de partido y
hoy serviles ante las grandes potencias cuyos máximos
dirigentes asumen abiertamente la mentalidad y cri-
minalidad colonialistas.
Ya antes habían sustentado aquéllas a la menta-
lidad colonialista, que asumieron contra Vietnam y
Cuba, contra los afroamericanos, y que ahora, cada
día que pasa, manifestan orgullosas contra los países y
los pueblos de la periferia, así como contra la inmensa
mayoría de los jóvenes del mundo entero: los jóvenes
de las poblaciones marginadas y excluidas, de las cla-
ses medias depauperadas, los hijos de los trabajadores
desregulados, los hijos de los técnicos y profesionales
sin educación y empleo ni esperanza de tenerlos ni
futuro que perder.
Por ello es que la juventud rebelde apareció desde
los años sesenta y también porque desde esa década se
empezaron a aplicar las primeras políticas neolibera-
les, hoy en auge: políticas que le quitaron el futuro a
la juventud y que enriquecen más que nunca al gran
capital. Ello ocurrió así porque desde los años sesenta
se tomaron medidas de reducción de los servicios pú-
blicos y sociales que hoy dejan sin escuela, sin trabajo
y sin futuro a la inmensa mayoría de la humanidad, en
particular a los jóvenes y a los niños que, precisamen-
te, son el futuro de la humanidad.
Asimismo, desde entonces el discurso ofcial mues-
tra cada vez más su falsedad, su falta de respeto a la
palabra, a las personas y a la moral pública; su inmen-
sa capacidad de mentir; su maquiavélica capacidad de
convertir la realidad en escenarios de falsas luchas en
las que se enfrentan unos pueblos contra otros, unas
culturas contra otras, unos jóvenes contra otros, para
que pueblos, culturas y jóvenes se destruyan entre sí.
Ese discurso ofcial instaura, también con el fn de
destruir a estos últimos, campañas de odios raciales y
religiosos; buscan destruirlos, además, con todo tipo
de narcóticos y de armas que les venden a trasmano
—que permiten a quienes los producen y distribuyen
hacer inmensos negocios. Y todo ello es a costa inclu-
so de su propia juventud, hoy principal consumidora
del mundo.
Por donde se vean las cosas, las víctimas preferi-
das son los jóvenes, y como los jóvenes son quienes
más resisten, son también a quienes más enajenan y
destruyen con el escapismo de las drogas; las bandas
transnacionales de narcotrafcantes los reclutan por las
buenas o las malas y los enfrentan a sus propias co-
munidades, a las comunidades que antes defendían.
Con ello les hacen perder el sentido de la vida y de la
lucha contra la opresión, la explotación, la exclusión,
y los reclutan para juegos de guerra en que luchan,
como pandillas de mafosos, por pequeños territorios
a cuyos vecinos les venden "seguridad", en vez de lu-
char al lado de sus pueblos y de su gente por ese otro
mundo posible, que hoy corresponde a un programa
de acción y de creación más rico que cualquiera de los
anteriores, por los valores que defende.
Estos valores apuntan a otra libertad, a otra justi-
cia y a otra democracia que se construyen desde abajo
y con los de abajo, valores de los que son pioneros
los campesinos mayas zapatistas, junto con muchos
otros pueblos de América y del mundo, que nos traen
a todos un proyecto de paz y libertad, de justicia y
democracia. A este proyecto se contesta criminalmen-
te con ataques y asedios, con intentos de corrupción
y cooptación, como si sus luchas no fueran la forma
más segura de defender la vida en la Tierra y ese "buen
vivir sin el mal vivir de nadie" que reclaman los indios
de los Andes.
Tal vez algunos piensen que exagero, pero todo lo que digo
está basado en inves-tigaciones y trabajos sobre los problemas
de la juventud y los pobres de la Tierra, y sobre la forma en que
los atacan, desorientan y enajenan quienes les temen. Estos últimos,
con la llamada "socie-dad del conocimiento", imponen las políticas
educativas del desco-nocimiento; en nombre de la libertad del
mercado, imponen la desregulación y el desempleo de los trabaja-
dores, y en la educación imponen los criterios de la
privatización del conocimiento y de la transformación
de los educandos en meros instrumentos o robots que
les permitan disminuir riesgos y optimizar utilidades
y riquezas.
Tal vez algunos piensen que me estoy saliendo del
tema, porque suponen que debo hablar en realidad
nada más que de la educación. Pero es de educación
de lo que estoy hablando. Pienso que, como jóvenes
estudiantes de esta u otra institución escolar —o como
simples jóvenes, ustedes, y nosotros, como profesores
no tan jóvenes o muy viejos—, tenemos que plantear-
nos la educación del carácter, de la voluntad y la moral
de lucha como la base de cualquier educación.
de lucha como la base de cualquier educación.
A mi memoria vienen las cartas del Lord Chester-
feld a su hijo; en ellas le enseña cómo tener control
sobre sí mismo hasta en los momentos más difíciles y
le transmite varios pensamientos sobre el arte de vivir,
pensar y luchar; también viene a mi memoria aquella
refexión de un líder de la independencia en un país
asiático que dijo: "Debemos tener músculos de hierro
y nervios de acero". Y luego me acerco al sureste mexi-
cano y recuerdo el discurso de una comandante zapa-
tista que, con su dulce voz y su tono cantado y frme,
nos dijo en una gran asamblea en la selva lacandona:
"Lo primero para conocer es perder el miedo".
Bueno, pues ya que estoy en la Lacandona, donde
hago mis estudios posdoctorales desde 1994, cuando
me invitó a acompañarlo en su caminar por los dere-
chos de los pueblos indios ese gran obispo que recien-
temente falleció —don Samuel Ruiz—, debo decir que
ahí me adherí al zapatismo y que he aprendido más de
lo que ustedes pueden imaginar. He aprendido a oír
más, a dialogar más, a pensar y actuar más. Allí aprendí
también a vincular conocimientos y saberes del aula y
del campo, a entender desde abajo y a la izquierda que
"el corazón tiene razones que la razón no comprende",
que se manifestan muchas veces en formas no verba-
les, sino de solidaridad y de apoyo mutuo.
En la selva lacandona me percaté de cómo segui-
mos siendo un país incompleto que no se reconoce a
sí mismo porque no reconoce al indio y no se da cuen-
ta de la grandeza del indio y de México, de la dignidad
y la identidad de los pueblos originales. Mientras esto no suceda, será imposible
que México ocupe un lugar de avanzada en el mundo, es decir, mientras no se
entienda que el proyecto zapatista de emancipación no es sólo un proyecto de
emancipación para los indios de México o de América, sino un proyecto de
emancipación y sobrevivencia para todos los seres humanos que quieran hacer
real la libertad con la vida.
Bueno, pues algo de eso aprendí y tiene que ver con otros conocimientos que
llevo aprendiendo desde hace ya varias décadas: algunos sobre las nuevas ciencias
de la complejidad y las tecnociencias, y otros sobre las humanidades y las formas
en que desde el siglo XVIII se vinculan las luchas por la cultura, la independen-
cia, la justicia y el socialismo, por la democracia y la libertad.
Bueno, pues algo de eso aprendí y tiene que ver con otros conocimientos que
llevo aprendiendo desde hace ya varias décadas: algunos sobre las nuevas ciencias
de la complejidad y las tecnociencias, y otros sobre las humanidades y las formas
en que desde el siglo XVIII se vinculan las luchas por la cultura, la independen-
cia, la justicia y el socialismo, por la democracia y la libertad.
En eso estaba cuando me recordaron que hace cuarenta años fui a Naucalpan
a inaugurar el proyecto de bachillerato del CCH, y me hicieron pensar en un
mensaje que quiero transmitirles para terminar un texto que empieza a ser de-
masiado largo.
Estoy seguro, en primer término, que la educación propia y la de los demás
es una lucha actual por aprender a aprender, aprender a pensar, a leer y escribir,
aprender a razonar, recordar, experimentar y practicar. Esto implica un desarro-
llo del pensamiento crítico, refexivo y creador, un amor a la lectura de la poesía
y la narrativa, un acercamiento a las ciencias de la historia y de la sociedad, un
conocimiento de las matemáticas como lenguaje para razonar y hacer ciencia,
un conocimiento de las ciencias experimentales y de la práctica de las utopías,
así como una práctica de los ofcios manuales y de los juegos y deportes, tareas
que no son abrumadoras cuando se emprende el aprendizaje como una actividad
vital que no se deja y que se sabe combinar con el trabajo, la lucha y la festa. Si
uno no quiere reducirse a ser ni un sabelotodo ni un especialista efciente pero
inculto, uno debe adentrarse y ejercitarse más en el aprendizaje de una cultura
general y en el dominio de algunas especialidades y ofcios.
Estoy seguro, por otra parte, de que en estos cuarenta años las innovaciones
de las ciencias y las tecnociencias nos obligan a actualizar muchos de nuestros
conocimientos y a seguir aprendiendo a aprender, a lo que también estamos
obligados si queremos descubrir, con nuestro propio saber y entender, los nuevos
y ricos proyectos de la emancipación humana por los que debemos luchar sin ce-
jar, a sabiendas de que como maestros —y también como estudiantes— tenemos
que preparar a la juventud para entender el mundo y para cambiarlo.
Estoy seguro de que los profesores y estudiantes del CCH y de nuestra Uni-
versidad Magnífca sabremos cumplir con nuestro deber.
Gracias.